Mensaje del Capítulo de los Hermanos de Jesús, Septiembre 2014

Al entrar en la sala del Capítulo (la asamblea general que reúne los delegados de los países donde nuestra Fraternidad está presente) entró a la sala con nosotros el mundo entero: Hemos escuchado a nuestros hermanos hablar de la guerra en Siria y en Irak y de la multitud de desplazados que lo han perdido todo; de la violencia de los grupos armados en Nigeria; del miedo y las muertes cotidianas en Colombia. Hemos escuchado hablar de los parados y de todos los que ya no llegan a vivir dignamente. Sentados entre nosotros estaban, también, los que intentan entrar en los países occidentales: hombres, mujeres, niños que mueren atravesando los desiertos o en el mar, en barcos sobrecargados, y aquellos que son bloqueados, retenidos, expulsados. Nos hemos contado, unos a otros, la diaria violencia en nuestros barrios y la miseria insuperable que deshumaniza. No sabemos quien dirige nuestro mundo; algunos “grandes” anónimos, “intereses” ocultos, que toman “desde arriba” decisiones que afectan duramente a los “de abajo”.“Quizás entraremos en una época de la historia humana que será la del tiempo de la compasión, impotentes para encontrar soluciones a los problemas que se nos plantean” escribía René Voillaume, en 1994. Soportar con los demás, sufrir juntos cuando el futuro parece completamente oscuro y que no vemos, en el horizonte, ninguna luz: es, precisamente, la “compasión” a la que están llamados a vivir algunos de nuestros hermanos, porque han escogido quedarse con su pueblo y sufrir junto con ellos. Están siempre presentes en nuestro pensamiento y nuestra oración, agradecidos porque aguantan a pesar de sus debilidades y sus miedos.
Escuchando estos relatos, una pregunta nos trabajaba:“¿Cómo continuar a ser humanos en este tiempo de miedo y de violencia?”·       Lo que nos hace más humanos y que nos hace felices, es vivir con la gente sencilla, la gente “ordinaria”, los que no tienen nombre ni influencia.Con el tiempo, porque hay que durar…, nos han demostrado que son nuestros hermanos y nuestras hermanas. Tienen sus debilidades ¡saltan a la vista!; y las nuestras ¡también saltan a la vista!Reconocer sin miedo nuestros defectos nos hace crecer en humanidad. No se puede dialogar con alguien que es “fuerte”, no necesita nada. Cuando nos sabemos indigentes, podemos buscar compartir lo poco que tenemos unos y otros y caminar juntos.La “gente sencilla” nos ha enseñado que tenemos que acercarnos con un corazón dispuesto y amar con ternura. También nosotros, recibimos de su parte ternura y confianza y nos da una enorme alegría de vivir…Si, la confianza abre el corazón y permite que podamos dar lo mejor de nosotros. Dar de nuestro tiempo, estar atentos a aquellos  que parece que a nadie les interesa, nos hacen descubrir tesoros de humanidad y de bondad. Igual que los que bucean en aguas profundas, descubrimos también, maravillas que solo Dios conocía.El mal y la muerte están presentes, cotidianas. Pero la lista es larga, cotidiana también, de todas las reacciones a contra corriente para mantener la vida, protegerla y hacerla crecer: la ayuda discreta entre vecinos; los que ponen en peligro su vida para permitir que otros vivan, en Siria y otros lugares de violencia; o las personas que murieron, en el naufragio del ferry de Corea, para salvar a otros; los grupos de diálogo entre Palestinos e Israelitas formados por personas que han perdido a familiares, víctimas de la violencia; los que tejen relaciones, en situaciones donde todo invita a rechazar al otro porque es diferente; y aquellos y aquellas que se movilizan para acoger a los desplazados o por la integración de los emigrantes.Estos gestos de humanidad profunda, grandes y pequeños, los vemos todos los días. Y desde la fe los leemos como pequeñas chispas de la gloria de Dios, signos de su Reino, presencia activa de su Espíritu en el corazón de mujeres y hombres. Como Moisés, con respeto y admiración, escuchamos la invitación: “Quítate las sandalias porque pisas tierra sagrada” Queremos continuar a vivir con nuestro pueblo sobre esta tierra árida y santa, con los ojos bien abiertos…
·       Lo que nos hace más humanos y que nos maravilla, es volver una y otra vez al Evangelio, para encontrar a Jesús, “el Hijo del Hombre”, el hombre por excelencia.Hemos sido seducidos por el rostro de Jesús de Nazaret y por su manera de restaurar lo humano: rompe con todo lo que excluye; se acerca a aquel del que todo el mundo huye; toca y se deja tocar por los que juzgamos impuros; reconoce la rectitud y el amor venga de donde venga: del extranjero o de aquel que tiene otra fe…De tanto mirar a Jesús vivir y actuar, descubrimos que el evangelio está escrito “para hoy”, porque está escrito a partir de la vida de la gente de “todos los días”, de la “gente de hoy”. El hombre o la mujer de mala reputación y que todo el mundo arrastra por el suelo, habitan en nuestro barrio; el pobre a quien le gustaría invitarte a su turno, pero no tiene los medios para hacerlo, lo cruzamos todos los días; el hombre bueno que saca lo mejor del tesoro de su religión habita en frente nuestro.Si, para ser verdaderamente humanos, sentimos la necesidad de la oración. Exponernos a la luz de Dios, simplemente porque es Dios, que nos conoce y que nos ama. Y para que transforme nuestro corazón y de los que están cerca nuestro, a la imagen del de Jesús, compasivo y fuerte, dulce y firme. Para que nos ayude a mirar con su mirada.Oración de pobres humanos, con los pies en la tierra. Dolorosa, a veces, y sin respuesta: “Dios mío ¿por qué nos has abandonado?” Y otras veces alegre y llena de ánimo: “¡Bendito seas porque has ocultado estas cosas a inteligentes y sabios y la has revelado a la gente sencilla!”.
·       Lo que nos hace más humanos y que nos da esperanza, es vivir todo esto con los hermanos y caminar juntos: nos da gozo y apoyo.No, no lo hablamos muy a menudo. Quizás porque construir una relación fraterna es una tarea difícil y nunca acabada. Intentarlo tenazmente, es nuestra pequeña contribución a la construcción de una humanidad fraterna y es un signo de esperanza.Pero queremos decirlo. Compartir con los hermanos el mismo deseo de amar con respeto a todos, a la manera de Jesús de Nazaret, es una gran alegría. Es un apoyo releer juntos nuestra vida compartida con la gente, sabiendo que nuestros hermanos no nos dejarán abandonados en el camino,Rezar juntos, dejarse moldear juntos por Dios, escuchar juntos su Palabra que nos dice, de todas las maneras imaginables, que Dios cree en el hombre…todo esto alimenta nuestra esperanza.
Nos gustaría añadir unas palabras dirigidas a nuestros hermanos mayores:Todo lo que hemos podido expresar en estas líneas, vosotros lo habéis vivido con ardor y lo hemos recibido de vosotros. No creáis que ya todo se ha acabado porque os habéis hecho mayores o estáis viviendo en alguna residencia de mayores: hasta el final podemos crear relaciones de amistad, estar atentos a los más “pequeños”, amar con corazón grande. ¡Contamos con vosotros!
Y otras para nuestros hermanos jóvenes:Quizás estéis preocupados porque sois muy poco numerosos. Quizás no sabemos trasmitiros lo que llena nuestro corazón de gozo y felicidad, en esta vida que quiere ser compartida con “pequeños de este mundo”, con el estilo de Jesús de Nazaret.Mirad como actúa Jesús, acercaros a la gente sencilla, dejaros querer  por ellos y vuestro corazón estará ardiente-Tenemos necesidad de vuestro entusiasmo.Y cómo no, mencionar lo que para nosotros es un gran signo de esperanza: el mensaje y las invitaciones constantes del papa Francisco de ir a las periferias y de impregnarse del olor del rebaño; arriesgarnos a salir, aún a riesgo de sufrir un accidente, antes  que quedarnos calentitos en el interior.Para terminar una citación suya:“No podemos convertirnos en cristianos almidonados. Cristianos demasiado bien educados, que hablan de teología mientras toman tranquilos el té. ¡No! Tenemos que convertirnos en cristianos audaces e ir a buscar a aquellos que son, precisamente, la carne de Cristo […] Este es el problema: la carne de Cristo, tocar la carne de Cristo, cargar en nuestras espaldas este dolor por los pobres.”

Texto adoptado por el Capítulo por unanimidad el 26 de Septiembre 2014

Comparte esta noticia

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on print
Share on email